martes, 28 de enero de 2014

¿Y la autodefensa de la fiesta?. Caso México. Casi es Venezuela.


El pasado viernes, en la bella Tlaxcala, tuvo lugar la asamblea anual de la Asociación de Criadores de Toros de Lidia, organismo que aglutina a la mayor parte de los ganaderos nacionales de bravo, reunidos en buen número –aunque con sensibles ausencias– para deliberar sobre sus asuntos precisamente en la capital del estado con mayor número de hierros y divisas de este país. Y, sin duda, en todo el continente americano.

Gente de suyo inquieta, los amos y señores del campo bravo, caravanas aparte, aprovecharon la ocasión para ponerse de acuerdo acerca de numerosos temas administrativos, algo inevitable en esta época de cambios y sobrecargas en las disposiciones fiscales cocinadas por las dos cámaras legislativas del gobierno federal.

Invitamos a leer y analizar este interesante artículo sobre cómo está la fiesta en México, y si notan alguna similitud con la de Venezuela, no se preocupen, no hagan nada, no se asusten, que solo es una mera coincidencia…


Pero quizás el acto más significativo fue el pronunciamiento de la señorita Llaguno, que a nombre de los ganaderos jóvenes de México –una especie de club dentro de la propia Asociación– declaró la firme disposición de sus representados a defender la fiesta de los ataques a que ha estado expuesta últimamente.

La nueva fue recibida con regocijo, y entre otras cosas supone un punto y aparte necesario frente a la generalizada indiferencia con que el taurinismo ha enfrentado el problema, como si ver para otro lado fuera la táctica más inteligente frente al acoso de animalistas y taurofóbicos. O como si fuera una simple broma el que distintos gobiernos estatales y municipales se estén dejando influir por el alboroto abolicionista.

Inhibición y desamparo

Adicionalmente, los mexicanos tenemos un gobierno que desprecia abiertamente la cultura, rebajándola a la simple condición de negocio privado y retrayéndose de su responsabilidad de proporcionarle apoyo y promoción institucionales. Como si el conocimiento del patrimonio cultural de México –tan extraordinariamente rico como es– no fuera fundamental para la educación y la formación esencial de niños y jóvenes.

Abandonadas a su suerte, las nuevas generaciones de mexicanos, ésas por las que el discurso oficial dice tan preocupado, reparten hoy su admiración entre héroes fantásticos e ídolos con pies de barro –cantantes y deportistas preferentemente extranjeros (ya viene el Super Bowl)– mientras malgastan su tiempo consagrándolo a los usos más deleznables de los instrumentos tecnológicos de moda.

Dedicados, entre otras barbaridades, a la diatriba y censura de la tauromaquia.

Perdida en ese mar de equívocos estímulos y apartada casi por completo de nuestras tradiciones más entrañables, la juventud –incluso la pequeña fracción de ella que presume de crítica– se encuentra incapacitada para entender por qué la tauromaquia ha figurado entre ellas preponderantemente, sin que su status como manifestación popular del arte y el sentir mexicanos fuera puesto en cuestión ni siquiera por quienes se declaraban desafectos a ella. Y que así fue hasta que la globalización anglosajona empezó a hacer de las suyas también en ese terreno, tenido hasta hace no tanto como irreductiblemente nuestro.

Barajado ese cúmulo de circunstancias, que tienen a la defensiva y en crisis a la ancestral fiesta taurina,

¿no es verdad que correspondería a taurinos y taurófilos empuñar las armas y emprender decididamente la defensa de lo que es suyo por tradición, afición y derecho?

Me refiero, claro, a las armas simbólicas de una defensa debidamente argumentada, al mismo tiempo serena y ardorosa, dos atributos inclaudicables tanto del buen toreo como del mito y el rito taurinos.

Seguramente, ese argumentario de fondo estará ya en la agenda de los jóvenes herederos de las casas ganaderas mexicanas.

Evidencias en contra

Es evidente que la crianza de reses para la lidia es una actividad harto sacrificada y casi siempre onerosa e ingrata. Hay que suponer tal ingratitud sobradamente compensada por el amor a la actividad misma y a las corridas de toros que alienta en el ganadero de casta, empeñado en hacer de su divisa, a través de los años, insignia de bravura y clase en sus astados, y de la sapiente y tenaz dedicación de su orgulloso criador.

Empero, desde hace tiempo venimos asistiendo al deplorable espectáculo de unos toros que de bravos conservan muy poco, dada la embestida mayoritariamente mortecina y amorfa de la mayoría de los productos la cabaña de lidia mexicana, de norte a sur y del centro a la periferia. Grave asunto, si tomamos en cuenta no sólo la flagrante contradicción de tan preocupante realidad con la denominación de fiesta brava que aún se aplica a los festejos taurinos, sino su efecto en el imaginario colectivo, razón más poderosa que todas las campañas antitaurinas para explicar por qué la gente, otrora seguidora del toreo como fiesta de la emoción, ha optado por dispersarse en busca de eventos que, al menos, cumplan con lo que prometen, por prosaico y vulgar que esto sea.

La misión prioritaria

Más allá de la muy sana y por supuesto bienvenida intención de defender la fiesta, explicitada en el manifiesto de los jóvenes ganaderos, debería reconocerse que el problema número uno que afrontan consiste en revertir, mediante medidas enérgicas y seriamente asumidas, la creciente decadencia del toro de lidia, suplantado por el mortecino post toro de lidia mexicano, que se puede definir como ése que ha multiplicado en nuestros cosos las corridas sin picadores –cuya presencia es ya un atavismo penosamente decorativo–, a base de reses aplomadas desde su salida al ruedo y en su mayoría incapaces de ligar dos embestidas medianamente bravuconas.

A este post toro corresponde, claro está, un post toreo, caracterizado por el unipase encimista y demás alardes destinados a “emocionar” a un público mortalmente aburrido. Y cada vez más renuente a retratarse en la taquilla, como es natural.

¿Qué hará falta para coronar este arduo empeño por recuperar la bravura y la fuerza perdidas?

Seguramente una revisión y rectificación de las prácticas de crianza del ganado de lidia, basada en el minucioso análisis y corrección de lo hecho durante al menos los últimos tres lustros por prácticamente todos los ganaderos de México, tanto en materia de selección como de alimentación, ejercitación y control sanitario. Fácil no será.

Requerirá talento, tiempo y paciencia. Pero si no se hace, no necesitaremos abolicionistas, taurofóbicos ni generaciones enteras de mexicanos sin cultura ni brújula para erradicar definitivamente la tauromaquia del territorio nacional.

Otros factores negativos

Aunque el toro es el eje y el alma de la fiesta, existen otros frentes por mejorar, en la cruzada por recuperar una tauromaquia auténtica como cura contra su triste remedo peligrosamente vigente.

Un paso interesante lo dieron ayer los integrantes de la terna anunciada para el festejo número 14 de la temporada capitalina al pactar entre ellos que, al menos por esta vez, no habría toros de regalo, subterfugio fácil de quienes han sido incapaces de cumplirle al público con los del lote sorteado.

Y eso conduce al reglamento, que debiera prohibir de una de vez por todas el pueblerino recurso, y entre otras modificaciones volver al nombramiento de jueces de plaza que no sean cómplices de los toreros y rehenes de una empresa que, en un hecho sin precedentes, no sólo elige jueces que admiten encierros anovillados e infladitos –la observación vale para cualquier plaza, pero nunca debió infiltrarase impunemente a la México– y sean maternalmente complacientes con sus diestros consentidos.

En el fondo, son todos reflejos de la autorregulación empresarial, que debiera ser drásticamente revertida por la autoridad… si ésta tuviera alguna conciencia del significado la tauromaquia sien tanto patrimonio cultural de un país todavía llamado México.


Signos alentadores

Están llegando, todos, de parte de los jóvenes toreros mexicanos, sobre todo Arturo Saldívar, que está que se sale, y muy especialmente Joselito Adame, que labró ayer otra actuación consagratoria en la Monumental y tiene al público en un puño.

Por tercera vez consecutiva, el ciclón hidrocálido dejó la arena en hombros, tras cortarle las orejas por una lidia redonda de principio a fin, que incluyó clamoroso quite de oro y una ejemplar estocada recibiendo a “Atrevido” de Montecristo –reemplazo del tercero de Villa Carmela, que se descepó al derrotar en un burladero–, y apurar hasta el límite las escasas posibilidades del cierraplaza “Va por ti”.

“Los toros no salieron como se esperaba”, escuché decir a un cronista. Al contrario, los de Villa Carmela constituyeron el habitual y monocorde muestrario del post toro de lidia mexicano, y su uniforme descastamiento, aguda anemia y bofo comportamiento frustró cualquier asomo de lucimiento de Morante de la Puebla –indebidamente abucheado–y El Pana, en la que según el propio Brujo de Apizaco asegura habría sido su comparecencia postrera ante el público de la capital.

Ojalá que la continuado derroche de entrega, poderío, clarividencia, temple, sitio, mando y enorme torerismo de Joselito Adame sirva también para estimular el buen propósito de los ganaderos jóvenes de México, y que éstas y éstos sean capaces de emprender la ardua tarea de recuperación integral del toro con el que sus abuelos llenaron de poderío, casta y emoción los ruedos del país.

Fuente: Horacio Reiba “Alcalino” / LaJornadadeOriente 
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