jueves, 23 de enero de 2014

La Prisión será La cruz de José Ortega Cano


La jueza acaba de enviar a José Ortega Cano a prisión.

Como se temía, el gran torero de Cartagena pasará una temporada enrejado por aquel maldito accidente que cambió para siempre su vida una noche de primavera de 2011.

Una noche que dejó al inocente de Carlos Parra en el cementerio y llegó cuando el maestro ya estaba envuelto en un terrible drama personal.

Ahora, cuando la vida se le volvía a iluminar y cuando cada mañana abrazaba a ese pequeño que ha llegado para devolverle la sonrisa, vive la zozobra de perder la libertad, a la par de tanto sufrimiento como el vivido por ese hijo rebelde que también está encarcelado.

Enterese de todo lo que s ele viene encima al diestro Ortega Cano….


Desde hace tiempo, el torero Ortega Cano, es otro juguete roto.

Otro hombre que después de acariciar la gloria ha caído derrotado a los infiernos.

La vida y las circunstancias, junto a un matrimonio de copla y papel couché con Rocío Jurado acabaron tumbando en la lona de los desdichados a quien fue uno extraordinario torero.

Y ahora su gloria está tan descompuesta que la gran masa desconoce quién es ese señor que apenas se hace respetar desde que se ha convertido en el pasto de víboras en los programas del amarillismo.

Desconocen que fue un magnífico torero, un torerazo hasta que cierta pedantería y, sobre todo, la vida matrimonial lo condujeron a unos ruedos que no eran los suyos, tan alejados de ese mundo de valientes en el que se había ganado tanto respeto.

Y del que siempre levantó cabeza después de gravísimas cornadas. Sobre todo las de Zaragoza y de Cartagena de Indias.

Dueño de una trayectoria ejemplar, poco antes de su irrupción indulta a un toro de Victorino Martín en Madrid y aquel día, tras verse desbordado su estrella se apaga.

Era la corrida de La Prensa de 1983 y para todos, Ortega Cano, fue el perdedor de esa tarde.



Embargado por el fracaso, su idea es retirarse y montar una frutería, por lo que durante varias semanas apenas sale de casa, hasta el punto de pensar en hacerse banderillero.

Fue su madre, doña Juana, quien lo anima para seguir y encuentra la motivación en una corrida de Clairac que torea en una portátil y en un sitio que no cuenta en el circuito como es la donostiarra de Zarautz.

Aquel día irrumpe un torero distinto y, para feliz sopresa, la gente y los profesionales que se encontraban en la plaza salen hablado de la torería y capacidad de Ortega Cano.

El naciente éxito le da alas y motivación gracias a algo muy habitual desde siempre en la Fiesta (cuando no había móviles), como era el boca a boca, por lo que, poca semanas después, se le presenta una nueva oportunidad que le ofrece Manolo Chopera.

Se trata de una corrida ’dominguera’, en la cátedra de Las Ventas que aprovecha y de allí sale un torero nuevo y recuperado que va camino de todas las ferias.

Es la segunda parte de la década de los 80 y Ortega Cano se acartela ya en las mejores tardes para convertirse en una sensación del toreo, gracias a su variedad con el capote, pero sobre todo su poderosa y clásica muleta, la misma que embebía las embestidas de las reses para protagonizar auténticos monumentos al arte del toreo.

Su interpretación gusta a todo el mundo y lima las esquirlas que aún le quedan, como las banderillas, arte en el que nunca destaca y las arrincona para florecer lo mejor, que fue el arma de la calidad.

Los éxitos se repiten, llegan las puertas grandes de Madrid y los de todas las plazas.

En ese esplendor su nombre se une al de Julio Robles, con quien rivaliza varias veces en tercios de quites que se convierten en la mejor tarjeta de presentación de la Fiesta.

Y hasta Manolo Chopera, el empresario de Madrid capta ese imán y organiza un mano a mano fuera del abono que aborrota Las Ventas. Es el mejor Ortega Cano, una referencia que torea con gusto y clase.

Fue su gran época, la misma que se amplio y tuvo su colofón con la triunfal llegada de César Rincón, con el que se le empareja en la temporada de 1992 e incluso, juntos, salen en hombros tras matar una cornalona corrida de Samuel Flores en la Beneficencia.

Fue el año del canto del cisne de un torero grandioso, quien a partir de entonces comenzó a entrar en el oscuro túnel del amarillismo del que ya nunca más salió.

Desde entonces han ocurrido muchas cosas en su vida.

Pero hoy no deseo más que su triste calvario acabe pronto para que un día cercano la tranquilidad acompañe a este torerazo, hombre generoso y buena gente, para vivir en paz consigo mismo y con ese pequeño que acaba de nacer para devolverle la sonrisa.

Fuente: Paco Cañamero / GlorietaDigital
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