viernes, 25 de octubre de 2013

Iván de Orduña, el mejor torero vasco de la historia. Entrevista.


Convertido en una estrella, el diestro compartió con EL CORREO su última visita a Orduña antes de seguir la temporada en América.

«No pasé hambre, pero he dormido en pajares y en estaciones de autobuses. Lo he pasado jodido».

En agosto de 1999 Iván Fandiño concedió a este periódico la primera entrevista de su vida.

Tenía 18 años y era un voluntarioso novillero de Orduña.

Se hacía llamar 'El Niño de la Antigua'. 

La última pregunta de aquella entrevista fue:

– ¿Cómo se ve dentro de diez años?

– Ahí (señalando la portada de una revista taurina).

Catorce años después, el encuentro vuelve a repetirse.

Mismo lugar, mismo periodista pero diferente protagonista.

Ni rastro de 'El Niño de la Antigua', que se quedó por el camino.

El que acude a la cita es Fandiño. Punto. Sin más.

Continúe leyendo esta entrevista que es la continuación de la primera que se realizó hace 14 años…………….


Ya no hace falta más adorno para referirse al torero revelación de las dos últimas temporadas, al diestro más en forma del escalafón, al que está en boca de los aficionados de todo el país.

Ponce, El Juli.. y a la misma altura, este vizcaíno.

El que se presenta al encuentro es 'Iván de Orduña'; para muchos, el mejor torero vasco de la historia.
El diestro ha madrugado.

El día anterior (la entrevista se hizo el pasado día 11) toreó en Zaragoza y perdió tres orejas por culpa de la espada. Durante toda la mañana se le notará contrariado por eso.

Va a pasar 36 horas en Orduña antes de emprender viaje a América, donde le esperan cinco meses de temporada por México, Venezuela, Ecuador, Perú y Colombia.

Además de para despedirse de la familia y los amigos, su parada en casa tiene un objetivo un tanto prosaico: cortarse el pelo. 

«Vengo de Llodio, de donde 'el Pelucas'. Sólo él me toca el pelo, desde los tres años», confiesa sin ningún rubor.

Puede parecer una niñería, pero Fandiño es un tipo de costumbres y de ideas fijas.

No le «gustan los cambios».

Aunque tal vez esa cita con 'el Pelucas' sea la excusa que se ha buscado para obligarse a regresar a casa «como poco cada dos meses».

Vive en un chalé en Guadalajara, pero Orduña es su hogar.

Aquí están los suyos. Está su niñez. Está esa vida donde no es Fandiño, sino Iván, el hijo de Paco y Charo. No hay cámaras, aduladores, hoteles de cinco estrellas y falsas palmadas en la espalda.
«Cuando consigues cosas en la vida, volver a los inicios te hace darte cuenta de quién eres. Puedes haber logrado tus sueños y ser famoso, pero al final eres la misma persona, o por lo menos lo procuras».

Fandiño conduce un imponente todoterreno de lujo 'Range Rover' –muy limpio, sobre todo por dentro– por las empedradas calles de su niñez.

Toca Vicente Amigo, canta Alejandro Sanz. Sólo escucha flamenco.

«Aquí en Orduña me tratan igual que siempre. Soy uno más. Esto para mí es un oasis, recargo las pilas», confiesa mientras aparca en la zona de 'carga/descarga' de la plaza de Los Fueros.

«Tranquilo, conocen el coche, no me van a multar».

No es por prepotencia o chulería. Es porque es Iván, el chaval de la calle Orruño y amigo del alguacil.

La idea de los visitantes es ir a tomar un café al Romer, el bar donde Fandiño trabajó años atrás para pagarse las 200.000 pesetas que le costaba ir a Sanlúcar de Barrameda a foguearse como novillero.

«Allí no me fue bien, así que me metí en las capeas de Guadalajara», recuerda.

«Aquello era la guerra civil del toreo. Pura supervivencia. ¿Cómo explicarlo? ¿Has visto la película 'Bienvenido Mister Marshall'? ¿Esa imagen del alcalde y el cura sentados en un balcón y dos maletillas en una plaza hecha con carros, con su pilón incluido? Pues eso lo he vivido yo. Aquello es duro, duro de verdad».

El gesto le cambia cuando recuerda sus inicios.

«No pasé hambre, pero he dormido en pajares y en estaciones de autobuses. Lo he pasado jodido. Vengo de la nada y llevo escalando desde la independencia toda mi carrera».

El Romer es ahora un txoko de jóvenes, así que el diestro lleva a los forasteros al Marrazki, el bar de su amiga Marta, donde cada vez que vuelve a Orduña queda con su cuadrilla.

Del coche al bar son cincuenta metros, suficientes para que Fandiño salude al menos a una docena de conocidos. Parece como si lo hubiera preparado. Espontáneos contratados para saltar al ruedo sólo para se vea que a Iván le quieren en el pueblo. Pero no. Son reales.

«'Shushusush'. Hasta luego». «'Shushusush' te llamo yo».

«'Shushusush', deja de trabajar que no te vas a hacer millonario».

El hijo de Paco y Charo no para de saludar emitiendo un característico sonido con su boca. La primera es su tía Aurita, la dueña del estanco. Luego vendrán Ramón y Encarna, «mi fan número uno».

Encarna estuvo en su faena de Zaragoza, como un buen número de vecinos. Pero no hablan de toros. Le pregunta por su padre, ingresado por una pequeña infección.

«¿Aita? Bien, está bien, luego iré a verle».

Hasta en siete ocasiones le interrogarán por él a lo largo de la mañana. Uno de ellos Abdul, un gigante africano zaíno que vende por los bares, y que saluda al torero por su nombre. «¿Tu padre bien?». Imposible estar preparado.

«Perseverancia»

A Marta, la del Marrazki, le cuestiona a ver si «se ha pasado Coco». «Sí, pero luego volverá».

Pide un «'manchaíto'» y deja sobre el mostrador dos móviles. Un número lo tiene «todo el mundo».

El otro, sólo su madre y su apoderado. Se sienta y con porte tensa se prepara para el cuestionario. El periodista saca la muleta y prueba a ver si entra al engaño.

Primer cite: la entrevista de hace 14 años.

«Hombre... Estaba más gordo», suelta a bocajarro –ahora pesa 60 kilos y no le sobra un gramo de grasa–.

«Me trae recuerdos de ilusiones, de lo que eran los inicios de una persona que estaba soñando con algo... Si ahora echo la vista atrás, a lo mejor los sueños que yo tenía se quedan cortos a lo que estoy viviendo ahora».



Segundo cite: una foto del año 2000 de tres novilleros vizcaínos que iban a debutar en Vista Alegre. Ahí sí, Iván toma el engaño sin remilgos.

«Hostiaaaaa, uff... No te puedes imaginar qué momento (largo silencio). Esta persona ya no está con nosotros (se refiere a David Calleja, fallecido en accidente de coche). Por él toreé yo la primera vez en Bilbao. Se cayó del cartel y entré yo en su sustitución. David Calleja, joder... (silencio). Con Fernando (Osés) sí que tengo contacto. Está casado, tiene una niña, vive en Badajoz y es comercial de productos farmacéuticos».

¿Por qué él ha triunfado y Fernando no? ¿O Miguel Yuste, Iker Markuartu, Arkaitz Sánchez y Óscar Romero, novilleros vascos con los que compartió formación?

«Menos a Arkaitz, que lo tengo perdido, del resto sé de ellos. Iker está casado y tiene una niña. Miguel Yuste está en Llodio y cada vez que toreo me escribe para desearme suerte. Y Óscar anda con nosotros de chófer», se apresura a contestar.

«Pues no lo sé. En mi caso, ha sido por perseverancia y la constancia. Mi sueño siempre ha sido el toreo y en ningún momento he mirado para otros lados. Siempre con la mirada enfocada en lo que quería. Me ha tocado privarme de muchas cosas en mi juventud y ese sacrificio lo estoy viendo ahora recompensado. Ha merecido la pena. Soy un tío feliz, he cumplido muchos sueños y estoy al borde de lograr mucho más de lo que habría pensado nunca».

Lo que le queda por cumplir es ser el número uno del escalafón. No rehúye la cuestión. Nada de falsas modestias.

«Claro que aspiro a ello. Nunca he querido ser uno del montón en nada. No puedo. Soy competitivo no, lo siguiente», confiesa.

– ¿Qué le falta para lograrlo?

– Son tantas cosas. Me falta la puerta grande de Madrid, la de Bilbao, la de Sevilla, llevar a las masas a la plaza.



– ¿Y una portada en el 'Hola'?

– No se me ha pasado por la cabeza. Sí si se trata de algo del toreo, pero lo que no permitiría jamás es entrar en ese tipo de medios por mediación de la vida privada. Prefiero quedarme donde estoy. Hay un muro infranqueable en ese aspecto.

Ahí se pone serio. Durante toda la mañana, de su vida privada sólo ha dejado escapar que «tiene pareja», que es de fuera (América) y vive en su país. Ni una coma más.

Otro tema espinoso (al menos eso cree el periodista): las cornadas. Pero no. Fandiño habla sin problemas.

Tiene siete, «cuatro más fuertecitas: dos de Bilbao, Málaga y Madrid». La última, el 22 de mayo en Las Ventas.

«Sabía que me iba a pillar. Pero si mataba bien abría la puerta grande y no iba a permitir dejar pasar la oportunidad». Y le cogió. Le abrió el muslo derecho y le dejó casi un mes fuera de los ruedos.

– ¿Cómo supera el miedo?

– Tienes miedo al toro, pero estás dispuesto a dar lo que tienes por conseguir tu sueño. Pero no te equivoques, no todos están dispuestos. El que está dispuesto está dispuesto, y eso se confirma con hechos. Tú no te imaginas el poder de la mente cuando estás en un patio de cuadrillas, lo que menos piensas es si te va a echar mano. Si no no saldría. Luego, cuando estás en plena acción, la adrenalina te tiene en tal estado que no te paras a pensarlo.

– Así que importa la cabeza

– La psicología. He leído libros. Hay uno que, si las metáforas que cuenta las aplicas a la vida real, pero aplicarlas de verdad, no medias tintas logras lo quieras. Es 'El Alquimista', de Pablo Coelho. Ese libro es capaz de llevarte a... sabiendo que estás dispuesto a darlo todo, y cuando digo todo es todo, por conseguir tu sueño. Y creo que eso es verdad. Pero todo es todo.

Terminado el café, continúa el recorrido por Orduña. Tras pasar por el colegio de Los Josefinos, donde estudió y donde varias profesoras le piden fotografiarse con él, Fandiño conduce su 'Range Rover' (180.000 kilómetros en dos años) hasta la huerta de su padre, al que le dan el alta esa misma mañana. Tiene que dar de comer a los perros y las gallinas. Uno de ellos es su boxer 'Hachiko', que mientras esté en América se quedará en Orduña.

«Triste por ver la plaza así»

Fuera del mundo del toro, la música es la gran pasión de Fandiño. Estudió solfeó y tocó el txistu durante años. Incluso montó una academia, Fita Fik, en la que daba clases en euskera, idioma en el que estudió pero que tiene «muy olvidado».

Los visitantes proponen entonces ir a casa del torero para sacarle unas fotos tocando el txistu, pero ahí vuelve de nuevo el «muro infranqueable».

«Uff, eso no. Hace como un año que no toco. Aprovecho cuando vengo a Orduña y estoy solo en casa para tocar algo. Se me traban los dedos un poquillo, están como atrofiados, pero para bodas, bautizos y comuniones sí estoy (risas)».

El encuentro concluye donde empezó todo. En la plaza de toros de Orduña, a las afueras de la ciudad. Fandiño la usa para entrenar cada vez que pasa unos días en casa, así que tiene las llaves. Entran y al torero se le cambia la cara.

«Mira cómo está. Qué pena, me pongo triste viéndola así de abandonada, con lo bien cuidada que ha estado siempre». «Lo que he pasado yo aquí. Los sinsabores, los cabreos, las risas...».

Fandiño se despide en la puerta de la plaza. No diez, pero sí catorce años después ha cumplido la promesa de aquella última respuesta. A su lado, aún se ven los carteles que le anunciaban como estrella de la Feria de Otoño de Madrid.

Fuente: Koldo Domínguez / ElCorreo
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